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domingo, 8 de marzo de 2015

CERRAJEROS 24 HORAS


No hay duda. Si entrase una banda de ladrones en nuestra vivienda, lo primero que haríamos sería ir a la comisaría más cercana a denunciar el delito. Sin embargo, si somos nosotros los que les pagamos y entregamos una copia de las llaves de nuestra casa y, para más inri, luego nos ofendemos al ver todo lo que se han llevado, antes de denunciar nada deberíamos presentarnos en el psiquiátrico más cercano.

Lo mismo ocurre con la política. A diario denunciamos las acciones y decisiones que el gobierno toma y que afectan a este país al que por nacimiento pertenecemos. Pero, aunque la mano ejecutora de tantas atrocidades sea el partido asentado en el poder, casi la misma responsabilidad le corresponde a aquellos ciudadanos que con sus votos han colocado al partido en Gobierno de la nación.

Y es que estamos en España y aquí muchos vienen de serie con un “Yo no he hecho nada”. Así, mientras el Partido Popular gana con mayoría absoluta, una amplia mayoría de ciudadanos van proclamando a los cuatro vientos y con la cabeza demasiado alta: ”Yo no voté al PP”. Y que Dios bendiga cada momento en las terrazas, junto a una cerveza y la tapita española, aprovechando para poner a caldo a toda la clase política, con nombres y apellidos.

Pero los tiempos están cambiando. Hoy los ciudadanos no tenemos excusa ya que contamos con más herramientas que nunca para solucionar el problema. Porque, siendo sensatos y empezando por el principio, en España hay un problema y es urgente una solución. No creo que exista algo que objetar al respecto. A partir de aquí analizamos el trayecto político de los últimos años.

La irrupción de nuevas formaciones políticas y los resultados que las encuestas otorgan a estos “desconocidos” han despertado las alarmas en el bipartidismo. PP y PSOE dejan de tratarse a jarronazo limpio entre ellos mientras perdura esta amenaza. Ahora se trata de remar en una misma dirección, algo que… ¡sorpresa!, no parece tan difícil, visto que ambos lo hacen realmente bien.

Y, ¿cuál es el plan? Bien, ya que actualmente llevamos unos meses destapando casos de corrupción, lo más sensato es acusar de corrupto al novato. De eso, tanto el Partido Socialista Obrero Español como el Partido Popular, entienden bien. Y si no que se lo digan a los usuarios de las tarjetas black. Utilizadas para pagar comidas y cenas inimaginables, vacaciones, putas de lujo y cocaína de primera, ¡en plena crisis! Es lógico pensar que algo habrán aprendido al respecto. Pero no son los únicos. También Izquierda Unida y 10 cargos de los sindicatos hicieron uso de este dinero de plástico.

Comenzamos con el PP y nos topamos con los escándalos de: La contabilidad B, que no solo ha subvencionado al partido sino que además lo ha enriquecido. Llevada a cabo por el “respetable” tesorero Luis Bárcenas, ascendido por Rajoy y después negado reiterativamente por el mismo, como el apóstol San Pedro. Prosiguiendo con el caso Gürtel y continuando con el rescate de Bankia (pagado, como no, con el dinero de los españoles). Sin olvidar la Operación Púnica, por la que se embolsaban curiosas comisiones ilegales, a cambio de la adjudicación de servicios públicos.

Pero seamos justos, el PSOE no se queda atrás. Recordemos los últimos años con Felipe González en la presidencia. La línea que separa la llamada “izquierda” de la derecha es tan delgada que hay que imaginársela. Pero para imaginación la que le echó Zapatero, incapaz de admitir una crisis que tenía delante de su nariz. Con su brillante plan de vaciar por completo las arcas del Estado dejó una deuda que, si ya nos las íbamos a ver mal para salir, ahora no veríamos absolutamente nada. El PSOE no iba a quedarse atrás en su carrera delictiva. Actualmente el caso Mercasevilla ha destapado el pago de nóminas a cargos del partido que nunca habían trabajado en la empresa. ¿Quién no quiere cobrar sueldazos sin ir a trabajar?

Tampoco debemos olvidar a esos que siempre están “pensando en los españoles” y enfrentándose al bipartidismo. Izquierda Unida, con José Antonio Griñán a la cabeza. Acusado y habiendo abandonado la formación, con la intención frustrada de librarse de la imputación. Esos que quisieron hacerse con el control de las manifestaciones acontecidas en Madrid y que los propios manifestantes expulsaron, dejándoles claro que no iban a ser los ciudadanos los que pusieran el esfuerzo para que ellos se llevaran la gloria.

También recordemos el caso de los tan queridos sindicatos, UGT y CC.OO. Los únicos que se negaron a la ley de transparencia para evitar publicar los sueldos de sus dirigentes. Siempre tan preocupados por los trabajadores que hasta tachaban de impresentables las subvenciones que obtenían para llevar a cabo su labor. Una labor que consistía en defender los derechos de los trabajadores, creando cursos de formación que no se llegaban a celebrar, diplomas que nunca se entregaron y cuyas ayudas iban a parar a los “pequeños” bolsillos de Cándido Méndez, Fernández Toxo y sus queridos (solo los queridos) obreros.

Sin olvidarnos de otra organización de peso en nuestro país como lo es la iglesia católica. Capitaneada por Monseñor Rouco Varela. Que por obra y gracia del Espíritu Santo ha recaudado con el cepillo (o eso intenta hacernos creer) más de medio millón de euros que ha invirtido en un coche, así como en remodelar su ático de 1,2 millones, exento de impuestos. ¿Qué tendrá el cepillo del señor Rouco?, lo desconocemos. Pero no debemos caer en el pecado de la envidia. Pues seguro que que el arzobispo está ahora mismo en su humilde mansión rogando por nosotros o, al menos, por algunas.

Ahora llega Podemos. Un partido que surge del descontento político de los propios ciudadanos que, al fin, han dicho “basta”. Basta de las mentiras de los políticos. Basta de que nos tomen por idiotas y se crean que nos tragamos sus falsedades. Basta de tener que elegir entre lo horrible y lo peor. Así aparece Podemos. Subvencionado con dinero de Venezuela, sí, ¿y qué? ¿Sería mejor que se financiara con dinero negro que pagamos los ciudadanos? No se lo propongamos dos veces a nuestro tan querido Bárcenas… capaz es de abandonar el PP y abrazar a Pablo.

Que quede claro. Todos los partidos políticos en España se han financiado con capital de países extranjeros. Un dinero que el Tribunal de Cuentas no tiene por qué explicar de dónde ha salido. En otras palabras, el Tribunal de Cuentas no da cuentas de lo que no le interesa. Y, ¿adivinan por qué? Fácil, porque el Tribunal de Cuentas es un organismo formado solo por consejeros del PP y del PSOE, que nunca se renuevan. Gracias a este tribunal los principales partidos políticos gozan de capital absurdo, sin tener que explicar de donde proviene. Además poseen el apoyo de las más importantes entidades bancarias que ya les han dado innumerables beneficios. Como el concedido al PSOE, al perdonarle una deuda de 36,5 millones de euros.

Una inmensa mayoría de ese dinero no va lejos, se queda dentro de los partidos y se reparte entre sus integrantes. Pero tranquilos, otra parte es para empapelar las ciudades en plena campaña electoral, crear divertidos anuncios de televisión, llenar nuestros buzones de cartas amables que compren nuestros votos y plantarnos un póster de 50x70 a un lado de las farolas con la cara de Pedro Sánchez y al otro con la de Mariano Rajoy. En conclusión, se emplea en hacer publicidad de los personajes más públicos que tenemos en nuestra sociedad.

Se acercan las elecciones municipales y los españoles partimos con la ventaja de conocer bien cómo actuarán después PP, PSOE, IU… incluso UPyD. Vuelvo al ejemplo del principio. El ladrón que saquea nuestra casa es ya un anciano que a duras penas se tiene en pie. ¿Vamos a ayudarle a cargar nuestras cosas?

En estas elecciones, hagan ustedes lo que hagan, tengan la mínima decencia de apechugar con sus actos. Que no hace falta ir con la ralla al lado, la camisita a cuadros abotonada hasta el gaznate y el jersey sobre los hombros, para que los demás sepan a quién has apoyado. Ya lo hemos comprobado, se pilla antes a un mentiroso… Y si no van a ser capaces de dar la cara por sus ideales y por aquello que han expresado en las urnas, al menos sean razonables y voten a ese candidato que les resulte lógico apoyar.

En otras palabras: Primero agarren a ese anciano, que sin pasamontañas lleva años desvalijando lo que con tanto esfuerzo hemos conseguido los españoles. Segundo, no lo lleven a la cárcel, pues podría gozar de vacaciones pagadas del bolsillo de todos los ciudadanos, en lugar de eso intérnenlo en un asilo. Y tercero, llamen a un cerrajero y cambien la cerradura.



PD: No olviden que el voto nulo o el voto en blanco es dejar la llave en el portal, a la espera de que alguien la recoja. Esa opción nunca ha solucionado nada.



jueves, 13 de noviembre de 2014

Cartas de un arponeo ingenuo. El estafermo

EL ESTAFERMO
Poco antes de ahorcarse en la calle del Farol Viejo –“la más oscura que pudo encontrar”, según Baudelaire- el extravagante Gérard de Nerval, famoso entre los parisinos por su costumbre de sacar de paseo a su langosta cual si fuera un caniche, escribió algunos de los relatos más inquietantes de la literatura decimonónica.
En uno de ellos aparecía un pobre hombre que sacaba pecho ante su esposa porque había logrado un contrato como estafermo, en un remedo de las viejas justas  medievales. Llegaba a casa medio tullido, más vapuleado que un Ecce Homo, pero orgulloso de haber arreado algún que otro guantazo a personas distinguidas, por mor de las leyes de la física.
Originariamente el estafermo era un muñeco giratorio, firmemente plantado en un lugar de la pista del torneo –de ahí la etimología italiana: “sta fermo”-, que enarbolaba en un brazo un escudo y en el otro, igualmente rígido, una correa con bolas de hierro o saquillos de arena. Los lanceros debían impactar al galope en el escudo y escabullirse con la suficiente rapidez para no ser golpeados por la espalda, e incluso derribados, por esos objetos contundentes que ellos mismos activaban con su ímpetu.
La naturaleza del estafermo residía en su carácter inerte, en su falta de iniciativa, en su abulia existencial, en su condición tan yerma como yerta, en contraste con la vitalidad actora del jinete. En definitiva tanto el premio, al golpear el escudo, como el castigo, al girar al monigote y convertirlo en traicionero bumerán, dependían del difícil equilibrio entre la contundencia y la agilidad del caballero. Ya en 1611 Sebastián de Covarrubias escribía que el estafermo “algunas veces suele ser un hombre que se alquila para aquello… con que da de reír a los que miran”. Claro: mucha más gracia que el muñeco con apariencia de persona, hace siempre la persona con apariencia de muñeco.
Pero si aconsejo acudir a Manzanares el Real, Ferrol o algún otro lugar en los que aún se revive la tradición medieval del estafermo no es para ejercitar la risoterapia sino el análisis político. De hecho fue al ver funcionar el mecanismo en una película de época cuando yo mismo encontré la respuesta al enigma que venía obsesionándome: ¿Cómo es posible que Rajoy tenga tan merecida fama de indolente en el ejercicio de sus responsabilidades y aparezca a la vez rodeado de una aureola de implacable liquidador de antagonistas, a medio camino entre el misterioso anfitrión de la isla de los Diez Negritosy el expeditivo señor Lobo de Pulp Fiction?
Ese modelo no existe en la vida. Nadie es tan zambo para la construcción y tan virguero para la destrucción.  El pasmarote lo es igual para lo malo que para lo bueno y el hombre de acción nunca deja de romper huevos al tratar de hacer tortillas. Sólo el estafermo se mueve estándose quieto. Ese es, o más bien eso es, al fin he visto la luz, el Rajoy que nos gobierna: una veleta manejada por el viento, un diapasón que reverbera sonidos externos, un gong sobre el que golpea el mazo ajeno, un pelele en el torneo político que sirve en la misma carambola de saco de las bofetadas y títere de cachiporra.
El Rajoy ejecutivo no existe
En el fondo tiene razón cuando desvía las culpas de todo a los demás. Porque el Rajoyejecutivo no existe, no ha existido jamás. A ver, que alguien recuerde algo de provecho o algún destrozo notorio que hiciera como presidente de Diputación, ministro de esto y de lo otro o vicetodo. Rajoy somos los otros: nuestros errores y fracasos, nuestras autodestructivas reglas del juego que han parido una encastada cupulocracia. De la ausencia de los mejores pasamos primero a la presencia de los peores, luego a la nada con gaseosa y en este mascarón de proa ya ni siquiera quedan las burbujas.
Fue al permitir que los partidos usurparan nuestros derechos de participación política cuando fuimos inventando al Rajoy inanimado, el autómata sin iniciativa, el papamoscas de la catedral de Burgos, el hombre sin atributos de Musil, relator de una acción paralela que nunca llega a ocurrir. Ese artefacto, ahí plantado como un guardia urbano con sus guantes, su porra y su silbato, que cuando menos lo esperas te da una leche por la espalda. Pero no es él sino tú mismo con tu exceso de velocidad, tu despiste ante el semáforo en ámbar, tu medio sorbo de alcohol en sangre o tu claxon demasiado ruidoso quien activa el radar del robot, la desalmada retribución del estafermo.
Aznar lo fue llevando de un sitio a otro, plantándolo ora en Administración Territorial, ora en Cultura, ora en Interior sin consecuencia alguna para el Estado. Luego lo eligió sucesor precisamente por eso: porque no existía. ¡Y claro que tampoco fue Rajoy quien ideó, inventó, imaginó o diseñó –palabras ignotas en su léxico- la corrupción en Génova! Pero si se repartían sobresueldos, él ponía la mano, cogía la caja de puros y mañana más; si se cobraban mordidas, él recibía al donante, hablaban de fútbol y mañana más; si el tesorero millonario se veía en apuros judiciales, le mandaba mensajitos de apoyo y mañana más. No iba a ser un estafermo quien alterara el curso de los astros.
El suyo era un escuálido sol de invierno abocado a un fulminante ocaso. En la campaña de 2008 me di cuenta de que hasta en la Plaza del Obradoiro, cuando se le acercaban cariñosos sus paisanos, el rígido autómata, incapaz de toda empatía, movía con dificultad sus articulaciones oxidadas. Bastó que enfrente tuviera a un ser humano, lleno de imperfecciones pero con cierta sangre en las venas y razonable riego cerebral, para que por segunda vez fuera noqueado. No quedaba sino la hierática despedida del balcón de Génova.
Pero esa noche cuando Faetón ya encerraba su carro en la estrellada cochera y se aprestaba a enviar a la hojalatería aquellas chapas, cables y tornillos de su recogida póstuma, tres compinches muy dispares –Gallardón, Arenas, Camps- y un avariento e insaciable Strómboli, empeñado en extraer hasta el último euro negro de su imaginativo invento, “la marioneta sin hilos”, convencieron a un prejubilado vocacional, con igual nombre que el estafermo, para que ocupara su lugar. Y lo alquilaron enseguida.
Ahí fue cuando se jodió el Beluchistán. Diríamos que Rajoy empezó a hacer de Rajoy como Pierre Menard comenzó a escribir el Quijote. En ambos casos la copia fue escrupulosa pero la diferencia estaba en el original y el amanuense: lo que va de Arriola a Borges. La catástrofe sobrevino cuando el humano cejialto sucumbió en Pearl Harbor, el PSOE sacó del desván a un paquete perdedor, y el sosias del maniquí barbudo llegó a la Moncloa con mayoría absoluta.
Apenas los serviles ministriles, embutidos en sus refulgentes libreas de colores, habían hecho sonar las trompetas y atabales que anunciaban el inicio de la justa cuando, sin comerlo ni beberlo, el estafermo nos propinó su primera descomunal galleta. Resultaba que el déficit público y las exigencias europeas habían impactado en el escudo y el Rajoy de carne y hueso que, como el personaje de Nerval se pavoneaba ya en familia, reaccionó con el mismo automatismo con que lo hubiera hecho el Rajoy de madera de alcornoque: impuestazo y tente tieso. Poco después los etarras golpearon el escudo con los aldabonazos de los siniestros compromisos adquiridos y el brazo rígido del estafermo repercutió sobre la parte de atrás de la cabeza de las víctimas, reinsertando a sus verdugos, incluido el abominable Bolinaga.
Rajoy ha nacido para hacer de Rajoy
Desde entonces todo ha seguido la misma pauta. Tenía razón Lucía Méndez el otro día: Rajoy ha nacido para hacer de Rajoy. Nunca podrá imitar a otro muñeco. El día que lo parieron Proteo se había ido de parranda. Fijémonos en el maquinismo de su conducta inane durante este último remedo de rebelión de los catalanes: convocatoria, impugnación… convocatoria, impugnación… ding, dong… ding, dong, PF1 insertar. “No puedo hacer otra cosa”, alega el  estafermo. Cada vez que oye “dominus vobiscum”, va y responde “et cum spiritu tuu”.
Ahí tenemos al brazo listo y al brazo tonto de la ley, empalmados en un mismo priapismo. Por eso lo de hoy está a la vez prohibido y permitido. ¿Política… quién dijo política?  ¿Reformas… no las hicimos ya en Genova? ¿Artículo 155… a qué libro de salmos pertenece eso? Cada vez que habla en público se escucha la misma canción: “Soy tan sólo una muñeca que no sabe de amor/ soy de cera, soy de trapo, pero no de salón/ Mi vida es dulce como un bombón/ Poupée de cir, poupée de son”.
A pesar de su leyenda negra, ni siquiera es un malvado. El mal necesita esmero y diligencia. Si te da con la estaca es por inercia. Le sacas los SMS en portada y eres tú mismo el que activas, con ese idealismo que te lleva a ir a por todas sin cubrirte las espaldas, el código rojo de las defensas nucleares que manejan al unísono el poder político y el económico.  ¡Cuántos de los implicados en mi acoso y derribo no se arrepentirán ahora, a la vista de este CIS que augura lo peor, por haber desaprovechado aquella ocasión en la que tuvieron a huevo rescindirle el contrato al estafermo!
Dice Pérez Reverte que “Rajoy parece una liebre paralizada en una carretera ante los faros de un automóvil” y yo disiento. La parálisis requiere movimiento previo. ¿Rajoy una liebre, querido Arturo? Ni a conejuelo de gazapera llega ¿Cuándo le has visto brincar, recortarse, emprender carrera alguna hacia ningún sitio? Para mí que es el crustáceo exánime, esa palinurus interruptus, que arrastraba Nerval simulando que había tracción entre sus pinzas.
La ansiedad social por el hecho de que Rajoy no reaccione ante ningún desastre recuerda el momento del reinado de Carlos II en el que se decía que el monarca tomaba decisiones bajo el influjo de un encantamiento. El remedio fue, según relata Carmen Sánz Ayán en su fascinante estudio sobre el teatro palaciego de la época, encargar un comedia, titulada “El hechizo sin hechizo”, en la que “se desmitificaba la magia como algo que pudiera determinar la conducta del ser humano”. La representación acreditó la verdad. Nadie había suministrado a Carlos II filtro o bebedizo alguno -en realidad no hacía falta- pero aquel último Austria, tan débil de voluntad como de remos, pasó a la Historia como “El Hechizado”.
No le demos más vueltas. Esto ya no se arregla a bocinazos. El estafermo siempre permanecerá estólido en su estrago. Lo suyo no es coyuntural sino ontológico.  En lo que sí tiene razón Pérez Reverte es cuando añade que “lo malo es que nos van a atropellar a todos”. Por eso no veo más salida de emergencia que la de la calle del Farol Viejo, tal y como la dibujó Gustavo Doré, con la trompetera parca arrastrando hacia al más allá no sólo el alma del finado sino también las de todas sus hechuras de ficción.


Pedro J. Ramírez