Ian Buruma expone dos ejemplos similares, protagonizados por Richard Williamson y Geert Wilders. Su intención no es otra que la de demostrar el incumplimiento, a veces incluso de manera involuntaria, de la libertad, dentro del breve y ya desgastado término “libertad de expresión”.
Partiremos de la base que define qué es la libertad de expresión. Se trata de un derecho fundamental, señalado en el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que se creó en 1948, que consiste en la libre difusión de las ideas y que resulta fundamental para el conocimiento de la verdad.
Según la Declaración "Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y de recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión."
Los derechos humanos son el resultado de luchas que se han prorrogado a través de las generaciones. Su valor está respaldado por todos los que combatieron creyendo que era posible conseguirlos en momentos en los que su obtención resultaba no menos que impensable.
No obstante, el derecho de la libertad de expresión trae implícito el desacuerdo, ya que no todo lo que se expresa tiene por qué contar con apoyo absoluto. Sin embargo, este desacuerdo no se debe enfocar al derecho que tanto ha costado conseguir para lograr la libertad de expresión, sino a la comunión o la discrepancia con las ideas que se expresan o con los argumentos que las respaldan.
Existen tantas opiniones como seres humanos habitan en el mundo y todas ellas tienen el mismo derecho a ser expresadas. Es por ello que podemos tropezar con opiniones que resulten contrarias a la nuestra, contrarias a una mayoría o, simplemente, que nos resulten escandalosas o surrealistas dada nuestra cultura, nuestra educación o nuestras creencias. Sin embargo, ni siquiera esto nos da el derecho a arrebatar otro derecho.
Es el caso que Ian Buruma nos muestra con el ejemplo del obispo Richard Williamson negando el holocausto, culpando a los americanos del derribo de las Torres gemelas el 11-S o hablando de que los judíos luchan por dominar el mundo y preparando el trono del Anticristo. Estas opiniones no tiene cabida en la ideología de la iglesia católica y, por tanto, le han costado la excomunión. Algo lógico dada la contrariedad entre ambos. Sin embargo, el castigo no debió ir más allá. La discrepancia que generó Williamson también provocó su expulsión de Argentina y la amenaza de ser juzgado en Alemania.
En un intento de simplificar la complejidad, sobre donde termina la libertad de expresión en este caso, podemos decir que es como si nos hubiéramos cruzado con el obispo por la calle. Habría bastado con, tras conocer sus opiniones, no seguir escuchándole y continuar nuestra rutina. Sin embargo, lo acontecido se asemeja más como si, al escucharle, le atásemos a un árbol con una mordaza.
Las expresiones nos permiten darnos a conocer, tal como hizo Richard Williamson. A partir de ese conocimiento, aquellos que nos escuchan, solo deben elegir si desean acercarse o no a lo que oyen y a quien lo expresa, pues poseen total y absoluta libertad al respecto.
Coartar las opiniones por el simple hecho del nivel de desacuerdo que estas produzcan en las personas no es sino un síntoma de miedo, ante el que se actúa egoístamente, privando del derecho a la libertad de expresión. Para que exista la libertad de expresión se hace necesaria la tolerancia de opiniones con las que no tenemos por qué comulgar. Opiniones expresadas que, mientras que no sean más que eso, no hacen daño a nadie siempre que contemos con esa tolerancia y con el entendimiento de que todo el mundo debe gozar de la libertad de expresión.
Las opiniones tienen más peso cuando vienen de personajes públicos, sin embargo no dejan por ello de ser opiniones. Es el caso que Ian Buruma nos expone con el político holandés Geert Wilders, a quien se le prohibió su entrada en Reino Unido, donde pretendía mostrar su película Fitna, considerada herramienta para propagar el odio contra los musulmanes. En este caso el intento de callar la voz de Wilders dio como resultado un aumento de su popularidad.
Es cierto que existen expresiones capaces de herir a sus oyentes, pero la mejor manera de silenciarlas (si es que hay que hacerlo) quizás sea el desacuerdo que obtendrán de aquellos a quienes se dirigen y de quienes espera reclutar su apoyo. El hecho de intentar controlar cada opinión expresada y castigarla en caso de desacuerdo es una violación del ya mencionado artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
Resulta imposible trazar una línea que marque hasta dónde alcanza la libertad de expresión. Yo pienso que la libertad de un individuo termina donde esta comienza a solapar la de los demás. Sin embargo, condenar a alguien por el simple hecho de expresar una opinión con la que discrepamos, no es tanto un acto de justicia sino de intolerancia o, incluso, de venganza.
Jacob G.
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